Dear Mr. President - Pink (Subtítulos en español)

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La Ascensión de los Ishayas

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Dentro cada uno de nosotros hay un espacio quieto, silencioso, abierto, que se continua por siempre. Un lugar en donde el tiempo y el espacio no tienen ninguna importancia y ninguna existencia. Un lugar en donde el miedo no tiene ningún significado. Un lugar tan silencioso y quieto; eterno y vivo. Un lugar donde no hay soledad porque estás conectado con todo lo que ha sido y será. Un lugar de donde nacen el gozo y la paz, y son constantemente experimentadas. Un lugar que está más allá de un "tú" y un "yo". Es un lugar tan real y tan accesible que todo lo que tenemos que hacer es reconocerlo.

Ese lugar es tu yo verdadero, tu yo real.

Se supone que tu vida está hecha para ser de expansión y emoción. La emoción e inocencia de un niño es la forma en que se supone que todos deberíamos experimentar nuestra vida diaria. No tiene que ser el caos que continuamente experimentamos.

Muchos de nosotros llegamos a un punto en algún momento donde preguntamos la ancestral pregunta: “Seguramente esto no es todo lo que se supone que debería estar haciendo. Seguramente hay otra razón para todo esto. ¿Cuál es el propósito de estar aquí?” En algún punto todos reconocen que han perdido la conexión con su Verdad. Reconocen que debe haber más.

Hay un hilo de conocimiento que ha estado entretejido a través del tiempo: el conocimiento de los ancestros, la sabiduría del iluminado. Este hilo común está entretejido en todas las tradiciones, creencias y culturas. En algunos casos es la columna vertebral de una persona, en otras épocas y lugares ha sido distorsionado y casi escondido, pero siempre ha estado ahí. Siempre, ha habido misterios que han envuelto las enseñanzas esotéricas, las enseñanzas internas. Monasterios remotos y civilizaciones antiguas han mantenido estas enseñanzas en su totalidad y pureza hasta que estuviéramos de nuevo listos para experimentarlas.

Aún con esta obvia necesidad de paz y armonía para el planeta y nosotros mismos, la humanidad está en una rara posición. Tenemos el poder de elección. Podemos continuar por el camino de la destrucción o abrazar la sabiduría según se nos es revelada. Podemos abrazar la razón por la que estamos realmente aquí. Podemos tomar responsabilidad por nuestras acciones y hacer la elección por algo más, algo más grandioso, algo extraordinario y tal vez podamos recordar quienes somos realmente.

Mucho más importante, podemos hacer la elección para vivir esa grandeza. No es un sueño remoto, o una tarea difícil. Es nuestro Derecho de Nacimiento. Es como deberías estar experimentando tu vida. Depende de tí.

Aprende las antiguas Enseñanzas Originales de los Ishayas, y despierta a tu Verdadero Poder, a tu Verdadera Esencia.


Fuente: http://www.ishaya.com.mx/

Orfeo Y Euridice.

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Orfeo, teólogo, poeta y célebre músico, era hijo de Eagro, rey de Tracia.


Desde su juventud se aplicó a estudiar la religión y recorrió Egipto para consultar a los sacerdotes de este país y ser iniciado por ellos en los misterios de Isis y Osiris. Después visitó Fenicia, el Asia Menor y Samotracia, y de vuelta a su país natal dió a conocer a sus compatriotas el orígen del mundo y de los dioses, la interpretación de los sueños y la expiación de los crímenes, e instituyó las fiestas de Baco y de Ceres.
Enseñó a los griegos sabios conocimientos de astronomía, cantó la guerra de los Titanes, el rapto de Perséfone a manos de Hades y los trabajos de Hércules, y fue considerado como el padre de la teología pagana.


La música le servía de solaz y descanso en sus ocupaciones. Antes en Grecia solamente se conocía la flauta; él inventó la lira, o más correctamente, perfeccionó el instrumento ideado por el dios Apolo, añadiéndole dos cuerdas.
Su voz, unida al sonido de este instrumento embelesaba a hombres y dioses y la naturaleza al completo se conmovía a sus acordes. Osos y leones se acercaban a lamerle los pies, los ríos retrocedían a su nacimiento para escucharle, las rocas se animaban y corrían a su encuentro.


Todas las ninfas admiraban su talento, seguían sus pasos y deseaban tenerle por esposo. Pero solamente Eurídice, cuya modestia igualaba a sus encantos, le pareció digna de su amor y la tomó por esposa siendo por ella correspondido.
Pero su felicidad no fue duradera. Un día que Eurídice huía de la persecución de que era objeto por parte de Aristeo, hijo de Cirene, fue mordida en el talón por una serpiente y esta herida le causó la muerte.
Orfeo quedó inconsolable, y después de haber intentado sin éxito ablandar a las divinidades celestiales, no dudó en descender a los infiernos para implorarle al dios de los muertos que le devolviera a su querida compañera.


Sobre las riberas de la laguna Estigia clamó con acentos tan dulces y enternecedores que los habitantes del Ténaro no pudieron contener sus lágrimas ante tal desgracia y el mismo Hades se sintió conmovido. El dios llamó a Eurídice, que se encontraba entre las sombras llegadas recientemente; la ninfa se acercó y le fue concedido partir con Orfeo, pero bajo la condición de que él no volvería la cabeza para mirarla hasta que hubieran rebasado los límites del reino de los muertos.
Orfeo había alcanzado ya la salida cuando, incapaz de resistirse a la impaciencia de contemplar a su mujer, se vuelve hacia ella. Pero Eurídice se hallaba aún a unos pasos por detrás de él y en ese mismo instante le es arrebatada. Ella le tiende los brazos y Orfeo trata de abrazarla, pero solamente alcanza a estrechar una huidiza neblina y únicamente escucha un largo suspiro y un adiós eterno.


Destrozado por esta nueva desgracia, intentó en vano penetrar por segunda vez en la mansión de los muertos; pero Caronte, el inflexible barquero, se negó a transportarle y Orfeo estuvo siete días a orillas del Aqueronte sin probar alimento alguno, inundados sus ojos en lágrimas y consumiéndose de dolor.
Finalmente, y después de haber censurado mil veces la barbarie del dios de los infiernos, se retiró al monte Rodope, en Tracia, sin otra compañía que los animales que amansaba con su canto.


Las mujeres que habitaban en aquella región salvaje intentaron en vano endulzar sus añoranzas y llevarle a un segundo matrimonio, pero él desoyó siempre sus ruegos y se mostró sordo a su amor.
Irritadas por este rechazo, esperaron el día en que se celebraban las fiestas de Baco para tener ocasión de vengarse. Entonces, armadas con tirsos, corrieron al monte Rodope y lo asaltaron por todos los flancos. Su griterío y el ruido de los tambores apagaron la voz de Orfeo, lo único que habría sido capaz de aplacar sus iras; después le atacaron furiosas, y a pesar de los esfuerzos que Orfeo hizo para calmarlas, ellas destrozaron sus cuerpo en pedazos.